Pocos inicios son memorables en la escritura: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre”, “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer.”, “En un lugar de la Mancha cuyo nombre…”; En mis talleres de escritura me gusta dar la lectura “Corazón tan Blanco” de Javier Marías. “No he querido saber…”

  1. Otro inicio memorable es "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendia había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo"

  2. Es una manera muy inteligente de empezar el libro. Cualquiera necesita saber más instantáneamente sobre qué carajo estaba pasando ahí.

  3. Así es. Por eso me gusta mucho trabajar esa lectura cuando he tenido que tallerear primeros capítulos. A mí me costó mucho…. Más de un año definir la primera cuál sería mi primera línea. Y creo que lo he conseguido… ya lo dirá la crítica literaria si mi criterio es cierto.

  4. Gracias por compartir esto, de verdad. Otros comienzos memorables que me vienen a la mente ahora son el de Cien años de soledad que ya lo nombraron, el inicio de El túnel de Ernesto Sabato, y el inicio de Anna Karenina de Tolstoy, entre otros por supuesto.

  5. La primera noticia sobre los fusilamientos clandestinos de junio de 1956 me llegó en forma casual, a fines de ese año, en un café de La Plata donde se jugaba al ajedrez, se hablaba más de Keres o Nimzovitch que de Aramburu y Rojas, y la única maniobra militar que gozaba de algún renombre era el ataque a la bayoneta de Schlechter en la apertura siciliana. En ese mismo lugar, seis meses antes, nos había sorprendido una medianoche el cercano tiroteo con que empezó el asalto al comando de la segunda división y al departamento de policía, en la fracasada revolución de Valle. Recuerdo cómo salimos en tropel, los jugadores de ajedrez, los jugadores de codillo y los parroquianos ocasionales, para ver qué festejo era ése, y cómo a medida que nos acercábamos a la plaza San Martín nos íbamos poniendo más serios y éramos cada vez menos, y al fin cuando crucé la plaza, me vi solo, y cuando entré a la estación de ómnibus ya fuimos de nuevo unos cuantos, inclusive un negrito con uniforme de vigilante que se había parapetado detrás de unas gomas y decía que, revolución o no, a él no le iban a quitar el arma, que era un notable Mauser del año 1901. Recuerdo que después volví a encontrarme solo, en la oscurecida calle 54, donde tres cuadras más adelante debía estar mi casa, a la que quería llegar y finalmente llegué dos horas más tarde, entre el aroma de los tilos que siempre me ponía nervioso, y esa noche más que otras. Recuerdo la incoercible autonomía de mis piernas, la preferencia que, en cada bocacalle, demostraban por la estación de ómnibus, a la que volvieron por su cuenta dos y tres veces, pero cada vez de más lejos, hasta que la última no tuvieron necesidad de volver porque habíamos cruzado la línea de fuego y estábamos en mi casa. Mi casa era peor que el café y peor que la estación de ómnibus, porque había soldados en las azoteas y en la cocina y en los dormitorios, pero principalmente en el baño, y desde entonces he tomado aversión a las casas que están frente a un cuartel, un comando o un departamento de policía. Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: "Viva la patria" sino que dijo: "No me dejen solo, hijos de puta". Después no quiero recordar más, ni la voz del locutor en la madrugada anunciando que dieciocho civiles han sido ejecutados en Lanús, ni la ola de sangre que anega al país hasta la muerte de Valle. Tengo demasiado para una sola noche. Valle no me interesa. Perón no me interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez? Puedo. Al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo, a la novela "seria" que planeo para dentro de algunos años, y a otras cosas que hago para ganarme la vida y que llamo periodismo, aunque no es periodismo. La violencia me ha salpicado las paredes, en las ventanas hay agujeros de balas, he visto un coche agujereado y adentro un hombre con los sesos al aire, pero es solamente el azar lo que me ha puesto eso ante los ojos. Pudo ocurrir a cien kilómetros, pudo ocurrir cuando yo no estaba. Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice: –Hay un fusilado que vive. No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia difusa, lejana, erizada de improbabilidades. No sé por qué pido hablar con ese hombre, por qué estoy hablando con Juan Carlos Livraga. Pero después sé. Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte. Me siento insultado, como me sentí sin saberlo cuando oí aquel grito desgarrador detrás de la persiana. Livraga me cuenta su historia increíble; la creo en el acto.

  6. Está muy bien escrito. No estoy segura si “La primera noticia…” sean líneas memorables para la literatura. Aún siendo una novela histórica, policíaca, de denuncia. No sé no me convence para decir que es línea memorable.

  7. A mí me impacta ese inicio. No sé si solo las primeras palabras, pero es un primer capítulo excelente, te invita a seguir leyendo, a conocer esa historia. La frase "Hay un fusilado que vive" es insuperable. Operación Masacre, Rodolfo Walsh.

  8. Claro, las primeras palabras de la obra son muy importantes y el hecho de que afirme una muerte y que sea la de su madre pero luego salga con la duda de la temporalidad en la que sucedió rompe naturalmente el sentido de la primera frase. Es brutal.

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